Doce páginas.
No más.
Evelyn las había elegido con el mismo cuidado con que se eligen las palabras cuando no se puede dar marcha atrás: buscando las que dijeran la verdad sin convertirse en un arma, las que nombraran el daño sin recrearse en él.
Empezó a leer en voz alta.
Margaret no se movió.
La sala de visitas con el fluorescente zumbando y la funcionaria inmóvil junto a la puerta y el ruido lejano y apagado del exterior del edificio. Todo aquello siguió siendo exactamente lo mismo. Pero algo