Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue sentarse frente a Nathan con el café todavía humeando entre los dos y decirlo sin preámbulos.
—Quiero publicarlo. Pero antes necesito saber si puedo.
Nathan dejó la taza sobre la mesa.
No con brusquedad. Con la deliberación de quien quiere tener las manos libres para lo que viene.
—¿Permiso de quién? —preguntó.
—De todos los que aparecen. Aunque tengan nombres distintos. Aunque sea ficción. —Evelyn miró el café—. Nathan, Marco eres tú. La historia d