El papel de la carta era grueso, del tipo que las instituciones utilizaban para dejar claro que lo que estaba impreso en él no era una sugerencia.
Helena lo sostenía con ambas manos. La luz de la tarde entraba a raudales por los ventanales inmensos del penthouse, recortando su silueta menuda contra el horizonte de la ciudad. Tenía doce años. Su postura, sin embargo, era tan recta y rígida como la de un soldado de infantería a punto de entregar un informe clasificado. No había temblor en sus ded