Las 6:47 AM.
Llevaba dos horas despierta.
No era insomnio. Era el tipo de vigilia que te pega al techo con los ojos abiertos mientras tu mente inventaría todas las formas en que el jueves puede salir mal.
Me levanté sin despertar a Nathan.
Él había tardado más en dormirse que yo. Lo había escuchado dar vueltas, levantarse a beber agua, volver, quedarse inmóvil fingiendo que dormía.
Los dos fingiendo.
En la cocina, puse el café en silencio.
Afuera, Manhattan empezaba a moverse. Taxis. Bocinas le