En la manada Cirius, todos estaban reunidos para el espectáculo de la tarde, siendo entretenidos con juegos y otras cosas como si se tratase de un festival, mientras esperaban, pacientemente, la hora de la decapitación de Alastor, que sería el truco final.
Los guardias cuidaban los alrededores y, más lobos de otras manadas, seguían llegando en sus carreteras, vestidas de formas elegantes. No cabía duda de que más que una sorpresa era una curiosidad inmensa la que tenían por saber si era cierto.