La luz de la mañana entraba filtrada, tímida, como si también dudara antes de invadir la habitación.
Takeshi abrió los ojos lentamente.
Durante un segundo no entendió nada. El techo le resultó extraño, el silencio distinto, el cuerpo pesado por el cansancio y la herida. Luego, el recuerdo de la noche regresó en fragmentos: voces, miedo, la llegada de Erika, el beso, el silencio compartido… y entonces la sintió.
Estaba ahí.
A su lado.
Giró apenas la cabeza y la vio dormir.
Erika tenía el cabello desordenado, mechones oscuros extendidos sobre la almohada, la respiración tranquila, los labios entreabiertos como si aún estuviera atrapada en un sueño del que no quería despertar. El sol dibujaba sombras suaves sobre su rostro, resaltando una belleza que no había visto nunca. Así, desarmada, sin defensas.
Takeshi sonrió.
Fue una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero genuina. Una de esas que no mostraba jamás. En ese instante no era el jefe. Era solo alguien que había pasado la noche con l