La madrugada siguió deslizándose con la paciencia de los momentos que no quieren terminar de irse. Afuera, el aire era frío y quieto; adentro, la casa respiraba en un ritmo irregular, marcado por pasos lejanos, murmullos apagados y el roce casi ritual del cambio de guardia. Algunos hombres ya se habían rendido al cansancio y dormían en sofás o sillas improvisadas; otros permanecían despiertos, firmes, atentos, con la mirada alerta y el cuerpo tenso, como si el peligro pudiera materializarse en cualquier sombra.
Erika salió silenciosamente del cuarto donde Alexei estaba descansando. Cerró la puerta con suavidad, asegurándose de no hacer ruido, y se quedó unos segundos en el pasillo, con la mano aún en el pomo.
El sonido de su respiración tranquila se escuchaba claramente a través de la puerta. Verlo dormir, tan sereno e inmune... ese simple hecho le devolvió el aliento. La presión que había estado en su pecho durante horas se aflojó de inmediato. Se quedó allí un instante más, mirando