La madrugada siguió deslizándose con la paciencia de los momentos que no quieren terminar de irse. Afuera, el aire era frío y quieto; adentro, la casa respiraba en un ritmo irregular, marcado por pasos lejanos, murmullos apagados y el roce casi ritual del cambio de guardia. Algunos hombres ya se habían rendido al cansancio y dormían en sofás o sillas improvisadas; otros permanecían despiertos, firmes, atentos, con la mirada alerta y el cuerpo tenso, como si el peligro pudiera materializarse en