El sonido llegó antes que la imagen.
Un rumor grave, profundo, que se filtró entre los árboles del camino privado y vibró en la grava como un aviso. Motores blindados. Pesados. Seguros de sí mismos. La clase de sonido que no pertenece a un visitante cualquiera.
Desde el frente de la casa, los hombres de Takeshi se enderezaron casi al mismo tiempo. Movimientos precisos, ensayados. Radios ajustándose, miradas cruzándose, posiciones tomadas sin necesidad de órdenes explícitas. El aire cambió. Se volvió más denso, más serio. Como si la casa misma contuviera el aliento.
Erika dio un paso al frente.
A su lado, Svetlana permanecía erguida, impecable, con ese porte frío regio que no se quiebra ni siquiera ante el reencuentro. Gianluca observaba en silencio, con mandíbula apretada, atento a cada detalle. Alexei, apoyado en la muleta, mantenía el peso del cuerpo hacia un costado, pero con la espalda recta, negándose a parecer débil incluso en ese estado. Asgeir y los hombres Bellandi formaban u