La puerta se cerró a sus espaldas con un sonido seco, amortiguado por la alfombra gruesa del vestíbulo. Dentro de la casa, el silencio tenía otro peso. Era un silencio contenido, expectante, como si las paredes mismas supieran que aquella noche no había terminado todavía.
Svetlana se volvió de inmediato hacia su hija.
La recorrió con la mirada de arriba abajo, sin disimulo, con esa mezcla de madre y mujer que ha visto demasiado en la vida como para engañarse con apariencias. Sus manos fueron las primeras en reaccionar: le tomó el rostro, le revisó los brazos, los hombros, el cuello.
—¿Cómo estás? —preguntó rápido—. ¿Dónde estabas? ¿Te hicieron algo? ¿Te lastimaron?
Las preguntas salían atropelladas, una tras otra, como si temiera que, si se detenía un segundo, el miedo la alcanzara por completo.
Pero Erika no estaba allí del todo.
Su cuerpo había entrado en la casa, sí. Sus pies pisaban el mármol frío, su espalda sentía el calor artificial del interior. Pero su mente seguía afuera, an