Takeshi permaneció de pie, inmóvil, como si el tiempo hubiese decidido burlarse de él y detenerse justo en ese segundo. El murmullo de la noche, el leve crujir del portón, el roce del viento entre los árboles del jardín… todo quedó en segundo plano. Solo esa voz existía.
La voz de Erika.
Sintió un golpe seco en el pecho, un impacto brutal que no tuvo nada que ver con la herida aún fresca en su costado. Era otra cosa. Algo más hondo. Más primitivo. Más peligroso.
Se giró muy despacio, casi con miedo. Como si temiera que, si lo hacía demasiado rápido, la imagen desapareciera y todo no fuera más que una alucinación provocada por el cansancio y la desesperación.
Pero no fue así.
Ahí estaba ella.
Erika acababa de bajar del sedán negro y la luz tenue del exterior delineaba su figura con una delicadeza casi irreal. El cabello aún húmedo, recogido de manera descuidada; el rostro pálido, marcado por el cansancio y la lucha reciente, pero intacto. Viva. Entera.
Sus miradas se encontraron.
Y nad