Pasos constantes. Radios murmurando en códigos breves. Hombres entrando y saliendo. Takeshi avanzó por el corredor principal con cuidado, apoyando más peso del que quisiera en la pierna de su costado sano. El vendaje bajo la camisa tiraba con cada movimiento. El cuerpo le pasaba factura. Cada respiración era un recordatorio de que no debía estar de pie.
Pero no se detuvo.
Cuando la puerta principal se abrió de par en par, el aire frío de la noche entró junto con Svetlana y su gente.
Ella avanzó al frente, alta, recta, con ese porte suyo que no pedía permiso para ocupar espacio. Sus hombres se desplegaron automáticamente por el perímetro, sin órdenes explícitas, cubriendo entradas, esquinas, ángulos muertos. Profesionales.
Svetlana lo vio.
Y frunció el ceño.
—¿Qué haces de pie? —soltó, sin rodeos—. Deberías estar acostado.
Takeshi suspiró, cansado, más de la frase que del dolor.
—Por favor… tú también no —respondió—. Ya me lo han dicho demasiadas veces hoy.
Dio un paso más hacia ella.