El trayecto desde el bar hasta la parte trasera fue breve, pero incómodo.
No hubo gritos.
No hubo golpes.
Tampoco sogas ni capuchas.
Solo manos firmes empujándolos entre los omóplatos, voces secas ordenando que caminaran más rápido, y ese silencio denso que se pega a la piel cuando sabes que estás entrando en territorio ajeno… y peligroso.
Erika caminó erguida, aunque cada paso la alertaba más.
Marco iba a su lado, rígido, con la mandíbula apretada.
El almacén estaba oculto detrás del bar, separado del ruido, de la música y de las miradas curiosas. Una puerta metálica sin rotular se abrió con un chirrido grave. El interior olía a madera vieja, a licor derramado, a polvo acumulado. Estanterías altas, cajas apiladas, botellas envueltas en papel marrón. Una única bombilla colgaba del techo, oscilando levemente.
Allí los sentaron.
Dos sillas simples, de metal. Frente a una mesa baja.
—Siéntense —ordenó uno de los hombres.
No los ataron.
No cerraron con llave.
Solo se marcharon, dejando la