El trayecto desde el bar hasta la parte trasera fue breve, pero incómodo.
No hubo gritos.
No hubo golpes.
Tampoco sogas ni capuchas.
Solo manos firmes empujándolos entre los omóplatos, voces secas ordenando que caminaran más rápido, y ese silencio denso que se pega a la piel cuando sabes que estás entrando en territorio ajeno… y peligroso.
Erika caminó erguida, aunque cada paso la alertaba más.
Marco iba a su lado, rígido, con la mandíbula apretada.
El almacén estaba oculto detrás del bar, sepa