El motor del vehículo ya estaba encendido cuando Kenjiro se detuvo a mitad de camino, como si algo invisible hubiese tirado suavemente del freno. La puerta trasera del sedán negro seguía abierta, el interior oscuro y silencioso, con ese olor a cuero nuevo que parecía absorber las palabras antes de que fueran pronunciadas. Erika estaba a punto de subir cuando lo notó. No fue un gesto evidente, ni una orden tajante. Fue esa pausa mínima, casi imperceptible, propia de los hombres que no dudan porque están acostumbrados a decidir.
Kenjiro la observó con detenimiento.
No como se observa a una rehén.
No como se observa a una mercancía.
La observó como se observa algo valioso antes de ser expuesto ante especialistas que determinarán su verdadero valor.
—Cambio de planes —dijo al fin.
Erika se quedó inmóvil. Parpadeó una sola vez, incrédula, ladeando apenas la cabeza, ese gesto suyo que siempre antecedía a una pregunta peligrosa.
—¿Perdón? —murmuró—. ¿Ahora vas a cambiar el plan?
Marco, a su