El motor del vehículo ya estaba encendido cuando Kenjiro se detuvo a mitad de camino, como si algo invisible hubiese tirado suavemente del freno. La puerta trasera del sedán negro seguía abierta, el interior oscuro y silencioso, con ese olor a cuero nuevo que parecía absorber las palabras antes de que fueran pronunciadas. Erika estaba a punto de subir cuando lo notó. No fue un gesto evidente, ni una orden tajante. Fue esa pausa mínima, casi imperceptible, propia de los hombres que no dudan porq