En el ala más fortificada de su propia residencia —una mansión de madera negra y tatamis impecables que se extendía como un templo privado en medio de Tokio— Masanori observaba el mundo desde la ventana.
El cuarto era amplio, silencioso, iluminado por lámparas de papel que otorgaban un brillo cálido y engañoso. Afuera, el jardín zen se extendía en líneas perfectas de grava blanca. Dentro, en cambio, reinaba el caos más calculado: mapas de Tokio fijados sobre paneles de madera, fotografías alinea