La habitación olía a metal húmedo y salitre. El aire sabía a óxido y a mar contaminado. Cada vez que una grúa movía un contenedor cercano, el suelo vibraba apenas, como un escalofrío que se transmitía por las paredes. El catre chirriaba con el movimiento, la estructura de hierro recordándole que estaba dentro de una caja dentro de otra caja, apilada quién sabía dónde.
La luz del techo era un fluorescente sin pantalla, parpadeante, que convertía su piel en un tono enfermo. El único punto distint