La primera sensación fue el peso. Como si le hubieran dejado una lámina de acero encima del costado izquierdo. Después llegó el dolor: un latigazo sordo, profundo, que no ardía en la piel sino más adentro, donde los huesos se encontraban con la carne.
Takeshi intentó respirar hondo y el mundo se le llenó de agujas.
Soltó aire entre dientes.
Miró el techo. Reconocía la madera oscura y las vigas, pero había algo distinto: una lámpara clínica, fría, junto a la lámpara tradicional; el olor no era a