La habitación era estrecha. Cuatro metros de largo, quizás tres de ancho. Paredes de metal pintadas de gris, desconchadas en algunos puntos donde asomaba el óxido. El suelo era de cemento liso, con pequeñas irregularidades que raspaban la planta desnuda del pie cuando lo apoyaba. Lámpara de neón en el techo, una sola, con un zumbido constante y un parpadeo apenas perceptible cada cierto número de segundos. Lo registró: uno, dos, tres… veintidós, parpadeo. Uno, dos, tres…
La habían dejado allí h