Sus dedos temblaron un poco al encender la moto; lo disimuló acelerando dos veces, haciendo rugir el motor. La imagen de Erika rodeada por sombras le golpeaba por dentro como un tambor. Tenía veinte años, pero en ese momento se sentía de nuevo como el niño que la buscaba por los pasillos cuando ella se escondía solo para hacerlo rabiar.
Salieron del estacionamiento como dos proyectiles contenidos. La rampa los lanzó al exterior: Tokio de madrugada, farolas altas, neón distante, el asfalto húmed