Primero fue el frío de la grava pegado a la mejilla. Luego, el peso de su propio cuerpo negándose a obedecer. Después, el dolor: una marea lenta que subía desde el costado hasta robarle el aire.
—¡Oyabun!
La voz sonó lejana, distorsionada, como si viniera desde el fondo de una piscina. Una mano le sostuvo la nuca antes de que se estrellara contra el suelo. Otra presionó con brutalidad calculada sobre la herida. El ardor le hizo ver chispas blancas.
—No se duerma, jefe —gruñó Murata, la respirac