El jardín esa noche parecía hecho de susurros. La luna se había colado entre los paños de nubes y vertía un metal pálido sobre las losas de piedra, las linternas de papel proyectaban conos de luz tibia, y el arroyo artificial murmuraba como si quisiera cubrir con su canto cualquier ruido humano. Todo estaba dispuesto para el sueño: grava rastrillada en líneas perfectas, bambús alineados como soldados en descanso, y la casa —esa mezcla de cristal y madera— permanecía vigilante, sus ventanales la