La habitación donde Erika dormía parecía otra cosa esa noche: no era ya un cuarto, sino un plan trazado en silencio. Ella se movía por él con la meticulosidad de quien desmonta una trampa que conoce por dentro. Cada gesto tenía la simple precisión del que sabe que un descuido equivale a mil consecuencias. Desató el obi con manos que no temblaban, dejó el kimono como si fuera una piel que rechazaba, y se vistió con la oscuridad: pantalones ceñidos, botas que no hacían ruido, una chaqueta que pod