Nadie esperaba su llegada. Bajó con la bolsa al hombro, la camiseta pegada al torso por el sudor del viaje, y sintió la primera bofetada de Tokio: humedad densa, luces que no respetaban la noche, calles que ya estaban vivas cuando su Italia todavía dormía. Había ido en secreto, con el corazón apretado y el bolsillo más vacío de lo que hubiera querido admitir, pero con la decisión clavada como una daga: encontrar a Erika, sacarla de allí o morir intentándolo.
No viajó con la bendición del clan,