El sol bañaba las estrechas calles de la ciudad con un resplandor dorado, proyectando sombras alargadas sobre los edificios de piedra y las fachadas antiguas. A esa hora, las calles estaban llenas de vida, con los mercados funcionando a pleno ritmo y la gente yendo y viniendo en su rutina habitual. Nadie prestaba demasiada atención a la fila de camiones de reparto estacionados en una bodega discreta, en las afueras del puerto. Parecían transportes comunes, parte del engranaje de la ciudad. Pero