El salón privado, escondido en las entrañas de un edificio antiguo en Moscú, estaba impregnado del espeso humo de los cigarros y el inconfundible aroma del vodka. En la mesa, rodeado por sus hombres más leales, Vladislav Petrov escuchaba el murmullo de las conversaciones dispersas, dejando que el sonido se fundiera con sus propios pensamientos.
Había recibido una información delicada, peligrosa. Alguien dentro de su círculo estaba vendiendo secretos a los italianos. Un traidor. La sola idea le