El cuerpo de Svetlana despertó antes que su mente. Lo primero que sintió fue un leve dolor en sus músculos, una tensión placentera que la hizo sonreír contra la almohada. Era un dolor delicioso, el mismo que sentía tras un entrenamiento extenuante, pero diferente a la vez… más profundo, más íntimo. Como si su piel, su carne y hasta sus huesos supieran que habían sido poseídos con furia y devoción.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la suave luz que se filtraba por la ventana. No estaba