La villa Bellandi dormía en el amparo de la noche. El silencio se esparcía como un manto espeso, roto solo por el lejano susurro del viento contra las ventanas y el crujido ocasional de la madera envejecida. En la habitación, la luz suave de una lámpara proyectaba sombras sobre las paredes, bañando en tonos dorados la figura dormida de Svetlana.
Dante estaba ahí, sentado en un sillón junto a su cama. Sostenía un vaso de whisky entre los dedos, pero hacía tiempo que había olvidado beber. Sus ojos