El restaurante estaba cerrado al público, pero en su interior, la mesa principal estaba ocupada por cinco hombres. La madera oscura reflejaba el parpadeo de la luz tenue de la lámpara de araña, mientras copas de vino y ceniceros rebosantes de colillas acompañaban la conversación. Afuera, la brisa marina de Palermo soplaba con la promesa de tormenta.
Salvatore Filippi, un hombre de cabello plateado y piel curtida por los años, exhaló el humo de su cigarro con un suspiro pesado.
—El niño ha crecid