El tiempo, por fin, dejó de morder y empezó a ceder como una cuerda vieja. Cuatro meses podían ser un parpadeo o un siglo, y en la villa se respiraba ese raro milagro: calma vigilada, paz con nudos fuertes.
Las mañanas abrían con olor a pan recién horneado y a romero del jardín. El mar, abajo, cambiaba de humor a su antojo, pero la casa aprendió su rutina: perros patrullando en silencio, turnos escritos en pizarras, voces bajas, la radio siempre en volumen de iglesia. Ásgeir —ahora jefe de segu