La villa amanecía con ese silencio que sólo se permite a las fortalezas: motores apagados, radios en susurros, botas que sabían dónde no hacer ruido. El portón de hierro se abrió a la velocidad de un párpado pesado y el vehículo de Luca Versano se detuvo justo donde debía. Dos hombres se acercaron en espejo. Uno pidió la llave del maletero. El escáner manual recorrió costuras, cinturón, tobillos. Le revisaron el móvil, lo encendieron, lo apagaron. Le pidieron que alzara los brazos. Lo cachearon