La noche había caído como un manto espeso, el wakagashira no estaba sentado. Caminaba la habitación como quien busca en el suelo el hilo de una afrenta. Sus manos, enormes y curtidas, se cruzaban y separaban; en la mejilla izquierda la cicatriz recorría un mapa antiguo. Sus ojos, que siempre habían sido de piedra, ahora ardían como carbón vivo.
—No puedo creer que lo estés pensando —dijo al fin, sin pedir permiso—. No hay nada que pensar: Yumi me fue prometida. Si no hubiese huido la noche ante