La noche mordía los naranjos del jardín con un frío raro para Calabria. La villa dormía a medias: luces bajas en los corredores, un murmullo somnoliento de bombas de la fuente, el olor limpio de piedra mojada y bergamota aplastada bajo botas. En el patio de grava, la camioneta oscura esperaba con el motor encendido, expulsando bocanadas de aliento blanco en la penumbra.
Dos hombres arrastraban a Fiorella por los brazos. Llevaba ropa limpia y el cabello recogido. Pataleaba, arañaba, mordía el ai