Svetlana abrió los ojos a una penumbra tibia, rota apenas por el hilo de luz que se filtraba entre las cortinas pesadas. La habitación olía a desinfectante suave, con un fondo leve de jazmín que reconoció como el perfume de las sábanas.
El techo se le antojó demasiado alto. La lámpara de cristal, inmóvil. Un reloj marcaba, terco, el mismo segundo una y otra vez; quizá eran sus nervios los que repetían la escena. La garganta le ardía, como si hubiera gritado. Una corriente fina entraba por el ba