Las horas siguieron su curso, arrastrando consigo un silencio espeso, quebrado únicamente por el leve tic-tac de un reloj lejano. Svetlana se encontraba sentada en el borde de la cama, con las piernas recogidas contra su pecho y los brazos rodeándolas. Pensaba en Dante. En su mirada oscura y penetrante, en el modo en que la sujetó con esa mezcla de furia y deseo en sus gestos. Maldita sea. No quería pensar en él, pero su mente la traicionaba.
Y al otro lado de la casa, Dante tampoco encontraba