Había esperado a que todos se recogieran. A que el ajetreo de la llegada se disipara, a que las voces bajaran el volumen. A que el mundo, finalmente, se callara.
Dejó sus botas junto a la puerta del salón y caminó en calcetines sobre el parqué. Abrió el bar de nogal con la parsimonia de un sacerdote abriendo el altar. Escogió una botella de whisky escocés, añejo, sin mirar la etiqueta. El corcho crujió. El líquido ámbar llenó el vaso con un sonido suave y redentor. No usó hielo.
El sillón de cu