El amanecer bañaba las colinas del Lago di Como con una luz tímida. Las copas de los árboles titilaban con gotas de rocío. En la orilla quieta, las aguas reflejaban una paz engañosa.
Pero para los Bellandi, la paz era un lujo que ya no sabían si merecían… o si podían pagar.
Dentro de la casa, Giovanni se encontraba de pie junto a la gran ventana del segundo piso, con la herida aún latiendo bajo la gasa. Llevaba días encerrado allí, apenas moviéndose, apenas durmiendo, viendo pasar las horas en