La finca de Antonio Mancini, enclavada entre los olivares secos de Cirò Marina, ardía de tensión bajo el sol calabrés. El aire estaba espeso, cargado de polvo y presagios, y la calma era solo una fachada: un puñado de hombres se aproximaba por el camino de grava con paso firme, determinado, como si el suelo mismo les debiera explicaciones.
Los portones se abrieron sin anunciarse. Nadie pidió permiso. Las armas descansaban en cinturones y hombros, pero cada mirada era un disparo contenido.
Anton