El reloj marcaba las 09:12 a.m. cuando el zumbido de una alerta hizo vibrar el teléfono satelital sobre la mesa de roble oscuro.
Antonio Mancini, con la camisa desabotonada hasta la mitad y los ojos inyectados de ira, interrumpió de inmediato la conversación con uno de sus lugartenientes. Agarró el dispositivo, desbloqueó la pantalla… y su semblante cambió.
El correo estaba allí. Limpio. Desnudo. Sin piedad.
Y justo debajo, su firma cifrada. El código que solo sus aliados más cercanos conocían.