El vehículo central frenó en la cima del mirador. Un espacio abierto, rodeado de balaustradas desgastadas, con el mar extendiéndose como un abismo brillante al fondo. El resto del convoy se desplegó con eficacia militar. Hombres se posicionaron. Armas se cargaron. Drones sobrevolaron.
El Caronte descendió.
Y se acercó al borde del acantilado, donde el viento lo azotaba como el aliento de los muertos.
Miró su reloj: 18:30.
—¿Dónde estás, maldito? —murmuró entre dientes.
A sus espaldas, su gente