El aire en el despacho era denso. No por el calor, ni por el olor a tabaco que aún flotaba en el ambiente, ni siquiera por la humedad nocturna que se colaba por los bordes de las ventanas selladas.
Sino por la verdad que se avecinaba.
La chimenea crepitaba con una llama discreta. El fuego proyectaba sombras danzantes sobre las paredes cargadas de historia, de secretos, de muerte.
Dante se mantenía de pie junto al ventanal, la espalda recta, la mirada fija en su invitado. El helicóptero había ce