La sala de operaciones improvisada estaba sumida en una penumbra tensa. Sobre una mesa larga, tres laptops abiertas mostraban transmisiones en directo de los drones que orbitaban, desde hacía días, en los alrededores de la propiedad más escurridiza de Calabria: la Villa Bellandi. No se habían acercado más de lo necesario, sabiendo que cualquier intento de irrumpir en el perímetro con cámaras fijas o sensores terrestres sería un suicidio.
Riccardo se inclinó sobre uno de los terminales, ajustand