1:43 AM. En lo alto de la Villa Bellandi, las luces estaban tenues. El cielo estaba encapotado. No había ni una sola estrella. El despacho olía a madera envejecida, cuero curtido y tabaco. El mismo aroma que lo había acompañado toda la vida. El que impregnaba los trajes de su padre, los sillones donde se sellaban pactos de sangre, las paredes donde se decidían vidas y muertes con la misma frialdad con la que otros eligen el vino en una cena.
Dante estaba sentado. Sin hablar. Sin moverse. Con lo