El viento agitaba los cipreses que rodeaban la propiedad, arrastrando el eco distante del mar. En la habitación principal, solo el tictac de un reloj de pared llenaba el silencio. Un silencio que no era cómodo… pero tampoco era incómodo. Era de esos silencios que pesan. Que dicen lo que los labios todavía no se atreven.
Svetlana estaba sentada en la butaca junto a la ventana, envuelta en una manta de lana gris claro. Tenía el cabello suelto, aún un poco húmedo por la ducha. Las cicatrices recie