El hedor a pólvora y sangre aún colgaba en el aire como una amenaza latente. Había cuerpos tirados sobre el asfalto, casquillos regados como migajas de una guerra inútil, y patrullas con las luces aún parpadeando sin propósito. El lugar que apenas horas atrás había sido escenario de una operación planeada, ahora parecía un campo de ruinas. No ruinas físicas, no al menos para él, sino ruinas de su propia paciencia, de su convicción, de la autoridad misma.
El inspector Luca Versano permanecía de