La puerta del sótano crujió levemente cuando Svetlana la empujó con los dedos. El aire estaba cargado de humedad y ecos de lamentos. La bombilla del pasillo titiló una vez antes de estabilizarse, lanzando una luz pálida sobre su rostro. Su mirada era una línea recta, firme, imperturbable. Pero bajo esa piel de mármol latía una corriente que no cesaba: no de miedo, sino de memoria.
Ella ya había bajado esos escalones antes.
Con sus propias manos había preparado cada rincón de aquel cuarto.
No hab