Bajo la luz mortecina de las lámparas colgantes, Dante Bellandi se mantenía de pie, con la chaqueta negra abierta, las mangas arremangadas hasta los codos y los nudillos marcados. Había sangre bajo sus uñas. No era suya. No le importaba de quién.
Sus ojos de acero recorrían cada rostro en la sala. No buscaban piedad ni afecto. Solo verdades.
A su izquierda, Fabio hojeaba un informe. Cada nombre que mencionaba era una historia de traición o lealtad. De vida o muerte.
—Gianni Molaro, muerto. Carm