En los tejados, algunas siluetas en cuclillas, rifles apoyados en los hombros. En la azotea de un almacén, dos francotiradores. En el callejón lateral, un par de vehículos negros con los motores aún tibios.
Todo apuntaba a lo mismo:
Una emboscada.
Desde una ventana en lo alto, Masanori observaba.
El plan, en su cabeza, era sencillo.
Sus propios hombres, obedientes, harían lo que mejor sabían: saturar una calle con fuego antes de que nadie entendiera de dónde venía.
—Masanori-sama.
La voz lo sac