Él levantó la cabeza con dificultad, como si le costara recordar cómo funcionaba el cuerpo.
Sus ojos tardaron un segundo en enfocar.
Cuando la vio, parpadeó, incrédulo.
—…Erika… —la voz le salió ronca, quebrada—. ¿Qué… qué diablos haces aquí? ¿Cómo llegaste aquí…?
Ella ya estaba junto a él, dedos trabajando en los nudos de los cables. Se cortó dos veces en el proceso, pero no disminuyó la velocidad.
—Cállate —dijo, sin dureza, pero sin margen para preguntas—. No hables. No tenemos tiempo. Debem