La habitación estaba sumida en una penumbra suave, apenas rota por la luz tenue del velador. El aire olía a hospital y a recuerdos rotos. Svetlana dormía, acurrucada entre sábanas limpias, el cuerpo tan frágil que a Dante le parecía hecho de papel.
La observó en silencio largo rato, de pie junto a la cama, sin moverse.
Su respiración era tranquila. El rostro, aunque demacrado, parecía en paz por primera vez en días. Y sin embargo, él sabía que esa calma era engañosa. Bajo esos párpados cerrados