El joven subordinado se deslizó de nuevo hasta su posición, agachándose instintivamente para no asomar la cabeza por encima del marco roto de la ventana.
A su alrededor, el piso superior del viejo almacén servía como mirador improvisado: cristales rotos, polvo en las vigas, olor a madera vieja y humedad. Desde allí, Masanori tenía vista parcial al cruce donde, a pocos metros, los coches de los Bellandi esperaban, quietos.
Abajo, en las azoteas y detrás de muros caídos, sus hombres estaban posic