A su espalda, tres pantallas mostraban vistas diferentes de la ciudad: cámaras de tráfico, ángulos de puentes, entradas de almacenes.
—Reprodúcelo otra vez —pidió Svetlana, en italiano.
Asgeir, sentado frente a uno de los monitores, obedeció.
Sus dedos, grandes y marcados de cicatrices, parecían demasiado rudos para el teclado, pero se movían con sorprendente precisión. Rebobinó unos segundos el video de una de las cámaras, congeló, dio zoom.
—Aquí —dijo—. Fíjate en esto.
En la pantalla, una im